domingo, 1 de diciembre de 2013

Texto 3

Entonces, su secretario se acercó a él y exclamó:
            —¡Alabado sea Dios! Ése se habría contentado con 40 dirhams, ¿y tú mandabas darle 40.000?
            —¡Ay de ti! ¿Es que acaso querías darle algo? ¡Qué necio! Ese hombre nos ha complacido con sus palabras y nosotros le hemos complacido con las nuestras. Cuando aseguraba que yo era más bello que la luna, más fuerte que el león, y mi lengua, más cortante que la espada, ¿ha puesto en mi mano de todo esto algo que pueda llevar conmigo a casa? ¿Acaso no sabemos que mentía? Sin embargo, nos ha contentado con sus mentiras, y nosotros le hemos satisfecho igualmente mandándole dar recompensas, aunque era mentira. De esta manera se corresponde, mentira por mentira y palabras por palabras; en tanto que dar verdad por mentira o hechos por dichos, ésa es la «pérdida manifiesta».
Traducción fragmento de El libro de los avaros de al-ÕªÊiẓ (كتاب البخلاء، الجاحِظ), s. IX

Texto 2

—Yo soy Kaʻb ibn Zuhayr, Mensajero de Dios.
            Los ansâr quisieron matarlo, pero él les ordenó que no lo hicieran, pues no era posible, ahora que había abrazado el Islam. A continuación, el Profeta recordó los versos de Kaʻb y, cuando llegó a la palabra «loco», éste le interrumpió:
            —Oh, Enviado de Dios, no dije «loco», sino «honesto».
            —¡Vaya, «honesto»! —respondió el Profeta, contento.
            Después, Kaʻb recitó su conocida casida en la que elogiaba al Mensajero, a la tribu de Qurayš, a los ansâr y a los muhâŷirûn.
            Se cuenta que, cuando el Profeta escuchó esta casida, le gustó y le cedió su manto conocido como «burda». Afirman que el califa Muʻâwiya quiso comprar esta burda a Kaʻb, pero que él se negó a vendérsela. Cuando éste murió, Muʻâwiya se la pidió a sus hijos, la compró finalmente y, desde entonces, los califas salían con ella delante de la gente en las fiestas.
Traducción pasaje del Libro de las canciones de Abû l-Faraÿ al-IîfahªnÌ  (كِتابُ ٱلأغَانِي لأبو الفرج الأصفهاني), s. X 

Texto 1

El león, el cazador y la raposa
V
ivía un león en la selva con sus dos hijos. Un día salió a cazar dejando a sus hijos en la cueva. Entonces, pasó un cazador y mató a los pequeños, los arrojó junto a la cueva y cogió sus pieles. Cuando volvió el león y vio lo que había sucedido, gritó y lloró por la gran desgracia que había sufrido.
Había una raposa que vivía cerca de él. Se le acercó y le preguntó:
            —León, ¿por qué gritas y lloras?
            Entonces le contó el león lo que les había sucedido a sus hijos.
            —Tú has hecho a otros animales lo mismo que el cazador te ha hecho a ti y a tus hijos —respondió la raposa—. Aguanta tu desgracia de la misma manera que aquellos soportaron las suyas.
            —¿Qué quieres decir con tus palabras?
            —¿Qué edad tienes? —preguntó la raposa a su vez.
            —Cien años.
            —¿Y quién te da de comer?
            —Cazo a los animales y me los como.
            —¿Acaso no tienen padre y madre los animales que te comes?
            —Sí —contestó el león.
           —¿Por qué esos animales no gritan y lloran por sus hijos de la misma manera que gritas y lloras tú por los tuyos?
           Cuando el león escuchó esto, supo que su acción había sido injusta para otros animales, dejó la caza y no volvió a comer carne. A partir de entonces, vivió como vive el asceta, rezando y sin perjudicar a nadie.
Traducción de un fragmento de Calila y Dimna (كليلة ودمنة), Ibn al-Muqaffa (ابن المقفع), s. VIII