—Yo
soy Kaʻb ibn Zuhayr, Mensajero de Dios.
Los ansâr quisieron matarlo, pero él les ordenó que no lo hicieran, pues no era
posible, ahora que había abrazado el Islam. A continuación, el Profeta recordó
los versos de Kaʻb y, cuando llegó a la palabra «loco», éste le interrumpió:
—Oh, Enviado de Dios, no dije «loco», sino «honesto».
—¡Vaya, «honesto»! —respondió el Profeta, contento.
Después, Kaʻb recitó su conocida casida en la que elogiaba
al Mensajero, a la tribu de Qurayš, a los ansâr y a los muhâŷirûn.
Se cuenta que, cuando el Profeta escuchó esta casida, le
gustó y le cedió su manto conocido como «burda». Afirman que el califa Muʻâwiya
quiso comprar esta burda a Kaʻb, pero que él se negó a vendérsela. Cuando éste
murió, Muʻâwiya se la pidió a sus hijos, la compró finalmente y, desde
entonces, los califas salían con ella delante de la gente en las fiestas.
Traducción pasaje del Libro de
las canciones de Abû l-Faraÿ
al-IîfahªnÌ
(كِتابُ ٱلأغَانِي لأبو الفرج الأصفهاني), s. X
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